
Acosta, Y. (2026). Condiciones laborales, hábitos de salud y alteraciones del estado de ánimo en periodistas: un análisis
cuantitativo. Human Network Journal, 2, 1-10. https://zenodo.org/records/17946258
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2022: El 51% reportó pérdida de beneficios laborales. Las coberturas de contenidos extremadamente
negativos —desastres naturales, accidentes, zonas peligrosas e historias dolorosas— impactaron
psicológicamente. Destaca el deslave de Las Tejerías (Aragua, octubre 2022) como evento traumático
representativo.
2025: La precariedad se agudizó: 42,2% redujo jornada por factores externos, 38,6% perdió
empleo, 63,6% beneficios laborales y responsabilidades, y 84% experimentó estrés por inestabilidad.
El 84,4% sintió ansiedad y agotamiento emocional. Respecto a remuneración, 90,9% la considera insuficiente para
necesidades básicas; 84,4% carece de seguro médico, vacaciones pagadas o pensión.
Positivamente, 80% mantiene acceso estable a internet/plataformas digitales. Las horas semanales
promedian: 51,1% (21-40 horas), 37,8% (>40 horas), 11,1% (<20 horas).
Transversalmente, entre 73%-86% demandó información, atención y estrategias psicológicas para
fortalecer su salud mental (86% en 2020, 75,6% en 2022, 73% en 2025).
Discusión de resultados
El presente estudio, de carácter exploratorio longitudinal de tendencia con enfoque cuantitativo, permite
rastrear la evolución de las condiciones laborales, hábitos de salud y alteraciones del estado de ánimo en
periodistas venezolanos durante 2020, 2022 y 2025. Los hallazgos delinean un panorama de precarización laboral
creciente y deterioro emocional progresivo, enmarcado en la crisis nacional prolongada.
Estos resultados, obtenidos de la encuesta sistematizada y complementados con la experiencia de cinco
años en atención psicológica documentada por Acosta (2025), confirman la alta prevalencia de alteraciones
emocionales en este gremio, junto con marcada resistencia a buscar ayuda profesional.
La ansiedad, depresión y trastornos del sueño emergen como predominantes, alineándose con el análisis de
Vergara-Ronquillo (2024), quien sintetiza investigaciones globales sobre periodismo y salud mental.
Los patrones venezolanos exhiben similitudes con periodistas en zonas de conflicto y crisis humanitarias,
donde la exposición constante a violencia, precariedad laboral y dilemas éticos genera un impacto acumulativo
psicosocial. Como en contextos internacionales, los profesionales venezolanos reportan ansiedad, depresión y
agotamiento, revelando que el periodismo en situaciones de alta tensión comparte vulnerabilidades emocionales
transregionales.
No obstante, la violencia contra periodistas no sigue una tendencia lineal, sino que responde a coyunturas
políticas y sociales específicas —como elecciones o agudizaciones económicas—. Aunque 2022 registró un
descenso temporal de agresiones físicas, el impacto psicológico persistió elevado transversalmente. Esta dinámica
evidencia un deterioro emocional progresivo: la expectativa inicial (2020) evoluciona hacia depresión/tristeza
(2022) y se consolida en miedo/desmotivación (2025), configurando indicadores críticos de riesgo mental
sostenido.
La ansiedad y el agotamiento se mantienen constantes a lo largo de los tres períodos, acompañados de
síntomas somáticos claros —insomnio, dolores musculares, taquicardia y otros— que confirman la somatización
del estrés laboral crónico. Relevante resulta también el impacto familiar ampliado: parejas, padres e hijos perciben
el periodismo como actividad de alto riesgo, experimentando miedo constante y configurando un efecto social del
peligro que trasciende al profesional individual.
Los factores de riesgo revelan diferencias geográficas significativas. Mientras en países europeos y
norteamericanos el deterioro psicológico se asocia principalmente a la pandemia de COVID-19 y la
hiperconectividad digital, en Venezuela predomina la crisis económica y sociopolítica como detonante central. La
necesidad de múltiples empleos, pérdida de beneficios laborales y dificultad para cubrir necesidades básicas
generan una precariedad estructural que intensifica la vulnerabilidad emocional, subrayando el contexto
económico como determinante regional clave.
Esta precariedad se evidencia en la evolución temporal: desde 2020 con fallas en servicios públicos,
pasando por pérdida progresiva de beneficios en 2022, hasta la crisis laboral aguda de 2025 —donde
el 42,2% dejó de trabajar por factores externos, 63,6% perdió beneficios, 84% reportó ansiedad laboral
y 90% estrés crónico—.
Asimismo, los datos exponen la ausencia de autocuidado institucionalizado. Entre el 69,6%-75,6% no tomó
vacaciones, factor que agrava el agotamiento; el 44% duerme menos de cinco horas diarias, y aunque algunos
recurren a actividades recreativas o cuidado alimentario, estas estrategias resultan insuficientes ante la magnitud
de los estresores.
Finalmente, la reducción progresiva de la muestra (144→93→53) refleja la precarización de programas
sociales y disminución de apoyos institucionales, junto con factores como migración masiva, contracción del gremio
activo y cierre de medios, limitaciones que contextualizan la representatividad del estudio.